La Libertadores en Madrid

El sábado 24 de noviembre el mundo del fútbol estaba atento al desenlace de la final de la Copa Libertadores de América entre River Plate y Boca Juniors. La última en formato ida y vuelta, ya que en el 2019 será a un solo partido en Santiago de Chile.

Pero ese día no hubo ni partido, ni campeón, mucho menos fiesta o fútbol. En reemplazo aparecieron las piedras, los insultos, las provocaciones y las reuniones afanadas de los dirigentes del fútbol sudamericano, que con su negligencia para tomar decisiones adecuadas con respecto a los hechos de violencia, llevaron al encuentro más especial que el torneo continental podía dar al bochorno generalizado, para terminar enviando a la competencia de clubes más grande de américa a una cuidad europea que nada tiene que ver con los dos equipos que disputan el título o con el balompié de este lado del charco.

Tal vez Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol, sigue aturdido por los eventos ocurridos y prefiere llevar la final lejos de la violencia o la lucidez de su mente le dice a gritos que los millones valen más para el fútbol sudamericano, que sentar un precedente drástico y ejemplar que se traduzca en la reflexión de como se vive el fútbol en nuestro continente, de dar el primer paso para acabar con los mafiosos que usan un camiseta para cometer actos sin consecuencias.

Llevar la final de Copa Libertadores a Europa es dejar para la historia que aquí, en Sudamérica, dependeremos siempre del civismo y el orden del viejo continente, que no somos capaces de resolver nuestros propios problemas, que aún somos su basta colonia.